martes, 22 de enero de 2008

Escondido

Afuera, la ciudad ruge como un monstruo despiadado. Mis oídos palpitan neuróticos tratando de filtrar otro plano de sonidos. Un par de suelas que crujen contra el asfalto terroso, una inspiración exagerada que trata de componer la falta de aliento y un rumor que viaja en el aire nocturno con palabras que no puedo descifrar. Es “el”, y está cerca.

Es inevitable, me va a encontrar y cuando eso pase será el fin. No es mi culpa, no se trata de ser rápido, ágil o inteligente. Se trata de caos y de suerte y cualquiera que piense diferente es un tonto. Fueron el caos y el azar los que me condujeron hasta acá, al rincón más oscuro de la calle 17.

Acurrucado con mis brazos alrededor de las piernas y los talones pegados al culo, mi imagen es a la de un feto indefenso. A mi izquierda, un contenedor de basura me ampara con su brazo oxidado. Del otro lado, la pared de ladrillos en donde descansa mi espalda me provoca un frio espeluznante que me recorre la espina.

Todos mis flancos están cubiertos, pero toda fortaleza tiene un punto débil. Una vez dentro del callejón sólo hay una salida.

Afuera, otro ruido. Mis reflejos se activan como una alarma tensándome todos los músculos del cuerpo y mi corazón me reclama desde lo profundo del pecho. Está más cerca, y cada sonido me llega amplificado cien veces. Sus pasos son los de un gigante y con cada uno la tierra se estremece.

No tiene sentido alargar la situación. Había intentado enfrascarme en mis pensamientos con una vana esperanza de comprar más arena para mi reloj. Pero el encuentro es inevitable y mi único aliado es el factor sorpresa.

Me levanto y siento cómo mi estomago crece tres tallas. Me impulso contra la pared y hago a un lado a mi cazador de un hombrazo. Comienza la persecución.

Salgo del callejón y giro rumbo al sur. La ciudad pasa en cámara rápida, una jungla de edificios, antenas y chimeneas, todo borroso. El chapoteo de las cuatro zapatillas contra el suelo forma un ritmo caótico. Y en el fondo, como un lamento, la respiración intensa de mi persecutor me empaña la nuca.

Faltan pocos metros, adelante veo a todos mis compañeros agrupados a un costado con las caras grises y los ojos opacos. Soy el último que queda, y eso me convierte en la última esperanza que tienen.

Pero algo sucede. Una fuerza más poderosa que la adrenalina se apodera de mí. Mis piernas acalambradas me reclaman la posición incómoda a la que las sometí antes. Pierdo velocidad y “el” se acerca victorioso con llamas en vez de ojos.

El desenlace es inevitable, ya lo tengo encima. Me aparta con fuerza y sigue su marcha hasta el paredón del almacén de Don José. Apoya su mano en la piedra y me mira triunfante con una sonrisa de tiburón. A mis oídos llegan los vocablos más devastadores que puede recibir un chico de diez años: “Piedra libre”.
FIN

Para hacer un cambo, les ofrezco un cuentito en 1era persona con base en uno de los juegos más populares de la infancia (esto iría como introducción antes del cuento, pero si lo pongo ahí seria como revelar el final de Sexto Sentido al principio de la película).

Coming Soon: Para la próxima, se me ocurrió una idea genial y además muy divertida que involucra una herramienta para los blog como parte del texto.

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